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La siembra y cuidado de los manglares promueve la armonía y convivencia en la frontera entre Colombia y Ecuador

Comunidades afrodescendientes e indígenas awá se consideran parte integral del ecosistema de los manglares en la frontera. Con apoyo del Fondo de Adaptación y WFP protegen su hogar y medios de vida.
, Beatriz Pertuz y Daniel Correa
Vista aérea de Baquito Vaquería, una isla formada por manglares y hogar de pescadores, ubicada en el departamento de Nariño, costa del Pacífico colombiano.
Vista aérea de Baquito Vaquería, una isla formada por manglares y hogar de pescadores, que está frente a la ciudad portuaria de Tumaco, Colombia. Foto: WFP/Rein Skullerud

“La tierra sin un árbol, está desnuda y tierna”, canturrea Inés Morales mientras toma en sus manos una pequeña planta de manglar. Ella es la lideresa y sabia mayor en la Comarca Afroecuatoriana del Norte de Esmeraldas (CANE), en Ecuador. “Él crece como un niño y guarda en su memoria los cantos escondidos del alma universal”, continúa. Los árboles y manglares son fuentes de vida y conectan a las generaciones de su comunidad. 

Los manglares – bosques que parecen flotar sobre el agua – pierden terreno entre Ecuador y Colombia, amenazados por la contaminación, la emergencia climática y la violencia del narcotráfico. Se estima que a nivel mundial un 10% de los manglares han desaparecido en los últimos 10 años. En la zona de frontera entre Colombia y Ecuador se calcula una reducción correspondiente a 144.704 hectáreas. “En nuestra tierra, estamos inmersos en una crisis alimentaria que es producto del desapego por la naturaleza y los daños que causan las grandes empresas a nuestro ecosistema. Hoy estamos trabajando en la reconstrucción y reforestación del manglar”, agrega. 

Por siglos, estas selvas aéreas y bosques tropicales del piedemonte amazónico han sido el hogar de comunidades afrodescendientes y del pueblo awá. A pesar de encontrarse en una frontera, para estos pueblos ésta es una línea imaginaria, insignificante y ajena que no les impide vivir como una sola familia en su tierra ancestral.  

“Soy una mujer que creció en el monte, nadando en el río, en una relación armónica entre la naturaleza y la vida, siguiendo las enseñanzas que heredé de mis abuelos”, dice Inés. A sus 67 años se ha convertido en una inspiración para la comunidad afroecuatoriana, por su labor como profesora y entrega al cuidado del medio ambiente en San Lorenzo. “Fue mi abuela quien me inculcó el conocimiento ancestral sobre la convivencia con nuestro entorno”. 

Inés Morales, lidereza de su comunidad, durante la siembra de árboles de mangle.
Inés Morales es lideresa en la comunidad afrodescendiente. Foto: WFP/Daniel Torres

Esa visión la comparte Inginio Castillo, líder comunitario en la provincia de Esmeraldas, también en Ecuador. Desde muy joven, sabía que los manglares eran necesarios para el sustento de la comunidad y por eso se convirtió en ingeniero medioambiental. “Para nosotros, hablar del manglar es hablar de nuestras propias vidas. Vemos este ambiente como algo integral, nosotros formamos parte de él”.

En los últimos años las comunidades han contribuido a la reforestación de más de 400 hectáreas de manglares con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP, por sus siglas en inglés). La conservación de estos bosques protege frente a tormentas ciclónicas y provee a miles de personas de alimentos. “Proteger a las comunidades es proteger al mismo ecosistema de los manglares”, dice este ingeniero.

Siembra de manglares en Tumaco, Colombia.
Tumaco está habitado principalmente por comunidades de ascendencia afrocolombiana y algunas comunidades indígenas que participan (predominantemente mujeres) en el proceso de mantener viveros de manglares y llevar a cabo los esfuerzos de reforestación. Foto: WFP/Rein Skullerud

 

En el bosque húmedo tropical del lado colombiano de la frontera, los indígenas awá han pasado de generación en generación la historia de cómo el maíz, el fríjol y demás frutos de la tierra cayeron de un gran árbol que llegaba hasta el cielo.  

Amílcar Chapuez mantiene viva esta leyenda, que promueve el cuidado de los cultivos nativos en los territorios que van desde las costas del Pacífico hasta el Amazonas. “Esta tierra donde vivimos nosotros ha sido muy golpeada por la violencia, por el narcotráfico y por los cultivos ilícitos”. WFP apoya al pueblo awá en el rescate de semillas tradicionales que se creían extintas en la zona, para garantizar su seguridad y soberanía alimentaria. “Hoy vemos que las plantas están creciendo a nuestro alrededor. Estamos fortaleciendo nuestras semillas para tener frutos propios y llevarle alimentos más sanos a nuestros hijos”, dice Amílcar.

Vivero de manglares en Tumaco, Colombia.
El proyecto de adaptación al cambio climático en Colombia y Ecuador fue implementado por el WFP en colaboración con las comunidades indígenas y afrodescendientes awá que residen a lo largo de la frontera entre los dos países. Foto: WFP/Daniel Torres

La comunidad ha reforestado más de 9600 hectáreas de bosque húmero tropical a lo largo de las cuencas de los dos ríos fronterizos, Mira-Matajé y Carchi-Guaitará, en las cuales se asientan alrededor de 70 comunidades afrodescendientes e indígenas awá. “Sembrar semillas y sembrar árboles son formas de generar armonía y convivencia”, afirma Amílcar. 

Piedad Yascuarán arranca, orgullosa, un tomate de la mata. Desde su frondoso huerto repleto de yuca, plátano y cilantro, explica cómo selecciona los mejores alimentos para los niños y niñas de la escuela. “He convencido a las demás familias de la importancia de mantener la seguridad alimentaria”. Piedad también está a cargo del vivero del resguardo indígena, donde hay más de 40.000 pequeñas plantas que se crecerán hasta convertirse en árboles maderables, alimentarias y espirituales. 

A lo largo de una frontera etérea, los pueblos afrodescendientes de Ecuador y awá de Colombia vuelven a la raíz, reconectando con la naturaleza y entre sí para que de la tierra brote vida, en forma de árboles y alimentos.  

En respuesta a las necesidades y retos que implica el cambio climático en los territorios de Colombia y Ecuador, el Programa Mundial de Alimentos con financiación del Fondo de Adaptación del Protocolo de Kioto, implementa el Proyecto Binacional de Adaptación. Para su ejecución se ha contado con el compromiso y participación de las organizaciones afrodescendientes e indígenas awá y de otros actores sociales e institucionales de cada país. 

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