Guatemala: Científicas de montaña
El 11 de febrero, Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia, la mente suele viajar a laboratorios impecables, batas blancas y microscopios. Sin embargo, existe una ciencia que no usa tubos de ensayo o gafas de protección, sino que se vive en las manos que planifican la siembra y en los ojos que aprenden a leer la tierra desde el cielo. Es ciencia aplicada, ingeniería e innovación puesta al servicio de la seguridad alimentaria de miles de familias.
Yo no vengo del laboratorio; vengo de la comunicación. Mi día transcurre entre cámaras, donde habitualmente los drones son herramientas para documentar y capturar imágenes hermosas. En Guatemala, el Programa Mundial de Alimentos (WFP) ha adoptado esos dispositivos como herramientas de datos que permiten anticipar pérdidas, cuidar la producción local y asegurar que cada cosecha llegue a la mesa.
Así nació “Pilotas Resilientes”, una iniciativa dentro del proyecto B’anla Chiko’m. Su objetivo es sencillo, pero poderoso: dotar a mujeres rurales de tecnología avanzada para que vigilen de cerca sus cultivos, la base del sustento de sus familias. En las montañas de Quiché, donde los terrenos son pendientes rocosas y el camino se vuelve lodo bajo la lluvia, la innovación no es un lujo, es una necesidad de supervivencia.
Hace tres años, 14 mujeres de comunidades remotas de Nebaj y Chajul en Quiché se graduaron como pilotas de drones. Tuve la oportunidad de pasar una semana con ellas hace poco y ver cómo trabajan en persona. Recuerdo a mi colega Daniel, del equipo de tecnología, trabajando codo a codo con Ana María Toma.
“Antes no podía manejar porque me daba mucho miedo; parecía muy difícil, pero ahora que lo hago me siento muy segura.”
Fue un espectáculo. Ana María tomó el control. Con la seguridad de quien conoce su tierra centímetro a centímetro, despegó el dron, lo piloteó sobre las parcelas y explicó cómo esas imágenes aéreas les permiten evaluar la salud de sus cultivos, anticipándose a plagas, falta de agua y mejorando la productividad. Es la evidencia de cómo el conocimiento ancestral y la tecnología de punta pueden hablar el mismo idioma.
En América Latina y el Caribe, aunque las mujeres representan el 41 por ciento de las graduadas en áreas de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), solo cerca del 30% logra integrarse a la fuerza laboral. En las zonas rurales de Guatemala persiste una brecha educativa muy amplia: hay pocas oportunidades educativas y tecnológicas para las mujeres.
A lo largo de tres años, el Programa Mundial de Alimentos ha apoyado a este grupo de mujeres para que integren conceptos básicos de ingeniería y matemáticas en respuesta a una pregunta vital: ¿Cómo cuidamos la cosecha para que el almuerzo de mañana esté asegurado?
Este 11 de febrero, conmemoremos a las científicas de laboratorio, pero también a las científicas de la montaña. A las niñas que sueñan con romper barreras, les decimos que la ciencia está en sus manos, en su curiosidad y en su capacidad de transformar su entorno, inclusive desde el cielo.
Capacitar y formar a más mujeres fue posible por el apoyo de la Agencia de Cooperación Internacional de Corea (KOICA), a través del proyecto B’anla Chiko’m.