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La Guajira venezolana tiene rostro de mujer wayú

WFP apoya a más de tres mil familias en esta zona del norte venezolano, cerca de la frontera con Colombia. En estos programas, muchas mujeres contribuyen a que el programa se realice de forma transparente, con respeto a sus lógicas culturales y sociales, y con aprobación de la comunidad. Algunas de ellas nos cuentan su historia.
, Lorena García
En las comunidades indígenas wayú la alimentación recae, en gran medida, en manos de las mujeres. (Foto: WFP/Gustavo Vera)
En las comunidades indígenas wayú la alimentación recae, en gran medida, en manos de las mujeres. (Foto: WFP/Gustavo Vera) 

En La Guajira venezolana, muy cerca de la frontera con Colombia, cada mañana es una prueba de resistencia. El sol abrasante, las largas distancias y las necesidades apremian.  

Allí, al norte del estado Zulia, las familias wayú encuentran en el pastoreo y en la artesanía su sustento, su herencia cultural y su lucha cotidiana. Según el censo demográfico de 2011, la población wayú en Venezuela ronda el medio millón de personas. Son comunidades que comparten territorio, lengua y parentesco más allá de las divisiones políticas.  

Sin escapar de la crisis social y económica de la última década en Venezuela, estas comunidades han resistido sin acceso a servicios públicos en medio del desierto; van y vienen de Colombia en busca de salud, alimentación y educación, sin abandonar sus territorios ancestrales. Allí también resisten a los extremos climáticos que amenazan sus medios de subsistencia: la escasez de agua en tiempo de sequía y las inundaciones en tiempo de lluvias. 

En Venezuela, en diciembre de 2025, los precios de los alimentos eran casi siete veces más altos que en diciembre de 2024, impulsado por inflación alimentaria. Esto redujo todavía más el poder de compra de las familias, cuyos ingresos apenas cubren una semana de alimentos por mes. 

Con la lupa sobre La Guajira, nueve de cada diez hogares wayú sacrifican mucho para traer comida a la mesa: comen menos cantidades, menos veces al día, piden dinero prestado, venden sus activos (telares, hilos, ganado, pollos). Cuando la falta de alimentos es extrema o por largos periodos, sus niños y niñas dejan de ir a las escuelas, y quienes los cuidan recurren a alternativas que, muchas veces, les ponen en riesgo.

El Programa Mundial de Alimentos (WFP, por sus siglas en inglés) apoyó con alimentos a más de tres mil familias en comunidades de difícil acceso en La Guajira venezolana en 2025, y continúa trabajando en el área. Una apuesta no solo por restablecer su acceso inmediato a alimentos en tiempos de mayor necesidad, sino también, por reducir esas estrategias alternativas para poner comida en la mesa.  

En estos programas, muchas mujeres hacen parte de los comités comunitarios: equipos conformados por personas que las propias comunidades eligen para garantizar que el proceso de registro, distribución, monitoreo, se realiza de forma transparente, con respeto a sus lógicas culturales y sociales, y con aprobación de la comunidad. Algunas de ellas nos cuentan su historia.  

Con apoyo de mujeres lideresas de la comunidad Wayú, WFP distribuye mensualmente canastas de alimentos a las familias. (Foto: WFP/Gustavo Vera)
Con apoyo de mujeres lideresas de la comunidad Wayú, WFP distribuye mensualmente canastas de alimentos a las familias. Foto: WFP/Gustavo Vera
Tejer para comer y preservar la tradición 

Para Eneida González, y para las mujeres wayú que ha tenido cerca en su vida, el tejido de mochilas, chinchorros y otros accesorios, es más que una expresión cultural: es sustento. Lo que se teje se vende, se intercambia o se utiliza para comprar alimentos básicos, mayormente en mercados fronterizos “donde rinde más la plata”. 

Para Eneida y para las mujeres wayú la artesanía es herencia, tradición y una herramienta para buscar el sustento. Foto: WFP/Gustavo Vera
Para Eneida y para las mujeres wayú la artesanía es herencia, tradición y una herramienta para buscar el sustento. Foto: WFP/Gustavo Vera

“Una mochila pequeña la vendo en treinta mil pesos y con eso compro hilo para tejer otra mochila, un café, un azúcar y dos de arroz”, cuenta Eneida. Tiene a cargo sus dos hijos pequeños y dos nietos, porque su hija mayor encontró oportunidad laboral en Colombia: “ella es quien ayuda a sus hermanitos con las cositas de la escuela”, comenta.  

Eneida intenta que en su hogar se coma dos veces por día: “si nos da hambre luego, a los niños les doy mazamorra de leche de cabra y los grandes tomamos chicha”. Añadir una tercera comida sería un riesgo para el día siguiente.  

Manos tejiendo
El tejido de bolsos, chinchorros y otros accesorios se transmite de generación a generación como herencia cultural. Foto: WFP/Gustavo Vera
Adaptarse y resistir  

La dieta tradicional wayú es una respuesta al desierto. El chivo, animal resistente y adaptable, es el eje del sistema alimentario y económico; no solo se come, también se reserva, se intercambia y se utiliza en rituales y acuerdos comunitarios. Se complementa con los escasos rubros estacionales de la huerta: maíz, yuca, plátano, auyama o frijoles.  

El origen de esa dieta recae, en gran medida, en las manos de las mujeres. Ellas gestionan y producen ingresos que la hacen posible. Son ellas las que han resistido quedándose en sus territorios a cuidar de su patrimonio: chivos, cochinos y algunas gallinas.  

El pastoreo es la base de la economía de las familias Wayú. Foto: WFP/Gustavo Vera
El pastoreo es la base de la economía de las familias Wayú. Foto: WFP/Gustavo Vera

“Eso es lo que nos sostiene, lo que nos alimenta”, nos cuenta Magaly Fernández.  

Ella, junto a su hermana Marilena y una sobrina, se quedan a cargo de los niños y los animales, mientras los hombres salen al pueblo en busca de otros ingresos, “porque hay que completar la comida”. 

Este tipo de activos es un lujo en la zona –uno que ni siquiera quienes lo tienen, lo dan por sentado. En momentos del año donde el acceso a alimentos o a otro tipo de necesidades o servicios básicos se vuelve más difícil o caro, las familias venden sus chivos, gallinas, cochinos, para comprar medicinas, útiles escolares, transporte. Ahí ya quedan en cero.  

Por eso, el programa de WFP tiene en cuenta el “calendario estacional”; es decir, esos momentos del año donde la vida es más difícil: picos de sequía, inicios de año escolar, entre otros. Un calendario que se construye allí, con las familias, y que encuentra en mujeres como Eneida un acerbo de memoria, estrategia y resiliencia.  

Magaly Fernández dedica muchas horas al día a alimentar y cuidar sus animales: chivos, cabras, cerdos y gallinas. (Foto: WFP/Gustavo Vera)
Magaly Fernández dedica muchas horas al día a alimentar y cuidar sus animales: chivos, cabras, cerdos y gallinas. Foto: WFP/Gustavo Vera

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