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Cómo las ferias de nutrición ayudan a mejorar la alimentación de las familias en Huehuetenango

En Huehuetenango, las ferias de nutrición están ayudando a las familias a fortalecer sus conocimientos sobre alimentación saludable, higiene y cuidado infantil. Estos espacios comunitarios conectan huertos familiares, consejería nutricional y aprendizaje práctico para promover mejores hábitos alimentarios y contribuir al bienestar de niñas, niños y sus comunidades.
, Andrea Girón
Participantes escuchan una charla sobre nutrición durante una feria comunitaria en Santa Bárbara, Huehuetenango. © Claudia Lorente/WFP Guatemala
Participantes escuchan una charla sobre nutrición durante una feria comunitaria en Santa Bárbara, Huehuetenango. Foto: © WFP / Claudia Lorente

Cuando se piensa en una feria, quizá vienen a la mente buñuelos bañados en aceite, algodones de azúcar más grandes que el rostro de una niña o un niño, churrascos humeantes y dulces de colores de fantasía. También juegos mecánicos, luces parpadeantes y altavoces que anuncian la próxima atracción. Pero esta feria es diferente.

Lo que no cambia son las risas de la niñez. A lo lejos se escucha el tradicional: "uno, dos, tres, chiviricuarta por José, por Claudia, por Andrea...". La lista parece interminable. Después llegan las carcajadas y las carreras entre los puestos. Corren tan rápido que por momentos parece que se llevarán a alguien por delante.

Algunas personas llegan porque quieren comprar verduras frescas y llevarlas a casa. Otras porque escucharon que habrá una charla educativa. También hay quienes esperan al personal de salud para aclarar dudas que llevan días rondándoles la cabeza: cómo alimentar mejor a sus hijas e hijos, cuándo corresponde la próxima vitamina o qué hacer cuando una niña o un niño pierde el apetito.

Mientras se avanza entre los puestos, los aromas empiezan a mezclarse. El rábano y el tomate recién cortados comparten espacio con el vapor de los tamalitos recién hechos en la entrada del salón comunal. Cerca de allí, varias mujeres acomodan cuidadosamente las cosechas de sus huertos familiares.

A pocos metros, un grupo de niñas y niños participa en un juego para identificar alimentos saludables, mientras una madre observa con curiosidad una demostración de cocina. A este encuentro se le conoce como Feria de Nutrición.

Mujeres en la feria picando vegetales. Foto: WFP / Claudia LLorente
Mujeres en la feria picando vegetales. Foto: WFP / Claudia Lorente

La invitación está abierta a toda la comunidad y, en promedio, cada feria reúne a unas 150 personas entre niñas, niños, mujeres y hombres. Aunque dura apenas unas horas, este espacio es solo la parte visible de un trabajo que se desarrolla durante meses en las comunidades.

Porque en las zonas rurales de Guatemala estas ferias son mucho más que una exposición de productos o una jornada educativa. Forman parte de un esfuerzo más amplio para fortalecer conocimientos sobre alimentación, higiene y nutrición, y promover cambios en las prácticas cotidianas de las familias.

Los resultados muestran que esos cambios comienzan a reflejarse en los hogares. El 87 % de las familias participantes identificó los momentos adecuados para el lavado de manos. El 71 % reportó haber mejorado la diversidad de la dieta de niñas y niños. Además, el 18 % incrementó el consumo de frutas y verduras, mientras que más del 24 % reconoció la importancia de reducir el consumo de alimentos ultraprocesados.

Aquí se reúnen familias productoras, personal de salud, personas consejeras comunitarias formadas por el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y habitantes de distintas comunidades alrededor de una pregunta sencilla pero fundamental: ¿cómo alimentar mejor a una familia con los recursos disponibles?

Personal de WFP brinda capacitaciones durante la feria comunitaria. Foto: WFP / Claudia Lorente
Personal de WFP brinda capacitaciones durante la feria comunitaria. Foto: WFP / Claudia Lorente

En esta ocasión, el encuentro tuvo lugar en las montañas de Huehuetenango, donde las condiciones son muy distintas a las de la ciudad. El frío, la lluvia y la altura influyen incluso en los cultivos que pueden sembrarse durante determinadas épocas del año.

Por eso, tener un huerto familiar no significa únicamente producir alimentos. Los huertos permiten que las familias tengan acceso a vegetales que contribuyen a una dieta más diversa. Sin embargo, por sí solos no transforman la nutrición. Su impacto aumenta cuando se combinan con conocimientos sobre alimentación, higiene y salud.

Durante la jornada, una madre y un padre descubren que la higiene y la nutrición están profundamente conectadas y que algo tan sencillo como lavarse las manos puede ayudar a prevenir enfermedades. Una abuela comparte con orgullo recetas heredadas de generaciones anteriores para evitar que desaparezcan. Otra familia cuenta cómo comenzó sembrando unas pocas hortalizas para consumo propio y ahora cosecha alimentos que antes debía comprar o que sencillamente no formaban parte de su alimentación.

Pero lo que ocurre durante una mañana de feria es apenas una parte de la historia. Detrás de cada puesto hay meses de acompañamiento, aprendizaje y práctica. También hay integrantes de la propia comunidad que, después de fortalecer sus conocimientos, deciden compartirlos con otras personas.

Una de ellas es Ana Florencia, consejera comunitaria. Junto a otras consejeras acompaña a mujeres embarazadas y comparte información sobre alimentación, higiene y nutrición para niñas y niños menores de cinco años. Cuando identifican señales de peligro durante sus visitas, orientan a las familias para que busquen atención en los servicios de salud.

Además, las personas consejeras comunitarias aprenden a reconocer señales asociadas a la desnutrición aguda y a utilizar la cinta de medición del perímetro medio del brazo para identificar posibles casos de riesgo en la comunidad. Cuando detectan una situación que requiere atención, las familias son referidas a los servicios de salud para una evaluación y seguimiento adecuados.

Para Ana Florencia, el aprendizaje no termina cuando concluye una capacitación.

"En un futuro, como grupo de personas consejeras, queremos que nos sigan fortaleciendo en temas de salud para no olvidarnos de las capacitaciones que hemos recibido", comenta.

También participa Alfonso Pérez, integrante de una COCOSAN, una comisión comunitaria que trabaja en temas de seguridad alimentaria y nutricional. Aunque gran parte de su labor ocurre lejos de los reflectores, contribuye a identificar necesidades, dar seguimiento a la niñez y acercar a las familias a los servicios disponibles cuando es necesario.

Las brigadas de nutrición también desempeñan un papel importante. Estas acercan acciones de nutrición a comunidades alejadas y permiten realizar evaluaciones nutricionales a mujeres embarazadas. Aunque no sustituyen los controles de salud, ayudan a identificar posibles señales de riesgo y facilitan la referencia oportuna a los servicios de salud.

Entre los puestos se escuchan conversaciones en Mam, Awakateko y otros idiomas locales. Aunque predomina el español, cada participante puede expresarse en su propia lengua. Los colores de los huipiles, las historias detrás de cada producto y las distintas formas de entender y cuidar la nutrición reflejan la diversidad cultural de Guatemala.

En algunos espacios, colectivos de mujeres han preparado recetas con ingredientes locales. Quienes se acercan prueban los platillos, preguntan cómo se elaboran e intercambian consejos adquiridos durante el proceso de formación.

Entre ellas está Vilma López, integrante del grupo de ahorro y crédito Las Sembradoras. Lo que comenzó como una iniciativa comunitaria para producir huevos de gallinas ponedoras se convirtió en una oportunidad para generar ingresos dentro de la aldea.

Los huevos se venden a familias de la comunidad y en tiendas locales. Parte de las ganancias se ahorra de forma colectiva y posteriormente las integrantes deciden juntas cómo distribuir los beneficios obtenidos.

Mientras las niñas y los niños continúan jugando entre los puestos, las conversaciones siguen girando en torno a recetas, cultivos, higiene y salud. A simple vista, parece una feria comunitaria más.

Pero detrás de cada demostración, cada charla y cada intercambio de conocimientos existe un propósito concreto: ayudar a que las familias cuenten con más herramientas para cuidar su alimentación y la de sus hijas e hijos.

Lo que ocurre aquí no termina cuando se desmontan los puestos y las personas regresan a casa. Continúa en los huertos, en las cocinas, en las visitas comunitarias y en decisiones cotidianas que, poco a poco, pueden marcar una diferencia en la nutrición y el bienestar de toda una comunidad.

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