Bajo la sequía y la incertidumbre, son las mujeres quienes sostienen la alimentación del hogar
En Guatemala, antes el tiempo daba señales claras. Una de ellas era la llegada de los muy conocidos zompopos de mayo, hormigas reina gigantes que emergen de la tierra. Se decía que cuando aparecen es porque la lluvia viene con fuerza, arrasando la tierra y anunciando el inicio de una buena temporada. También había otras señales: el quinto día de enero, casi siempre llovía, y con eso empezaba un ciclo que prometía buenas cosechas. Así se entendía la tierra, así se medía la vida.
Hoy, en el Corredor Seco y en otras zonas de Centroamérica, esas señales dejaron de ser confiables. Las lluvias ya no llegan cuando deberían, el invierno se retrasa y el verano se vuelve cada año más intenso. Y aunque estos cambios también se sienten en las ciudades, donde suben los precios de los alimentos, en las comunidades rurales, donde la vida depende directamente de la tierra, lo que más crece no es solo el costo de los alimentos, sino la incertidumbre.
El Niño —la fase cálida de un ciclo climático natural— ya ha comenzado y se prevé que se intensifique hasta convertirse en uno de los más fuertes registrados. Este fenómeno modifica las lluvias y temperaturas, aumentando la probabilidad de eventos extremos como sequías prolongadas en algunas regiones y lluvias intensas en otras.
En Centroamérica, esto suele traducirse en menos lluvia durante la temporada agrícola, lo que reduce la producción de maíz y frijol, base de la alimentación en comunidades rurales. Para quienes dependen directamente de la tierra, como las familias del Corredor Seco, esto no solo significa menores cosechas, sino también menos ingresos y alimentos más caros en los mercados.
En la comunidad Uriles Pinalón, en Jalapa, vive Teresa Gómez. Se dedica a las tareas del hogar y a la agricultura. Como muchas personas en su comunidad, su vida está ligada a su huerto y a lo que produce cada temporada. Sin embargo, en los últimos años, cultivar ya no significa lo mismo.
La lluvia ya no llega a tiempo. A veces aparece hasta mediados de junio, y cuando llega, no siempre es suficiente. Las milpas ya no crecen como antes y la cosecha no rinde lo esperado. “Sí afecta… es más lo que uno invierte que lo que uno saca”,comenta Teresa.
Sembrar, que antes era una seguridad, ahora se ha convertido en una apuesta.
Y la incertidumbre no es solo una percepción. En Guatemala, el problema también es económico: incluso cuando hay alimentos disponibles, muchas familias no pueden costearlos. Actualmente, alrededor del 37% de los hogares no tiene acceso económico a una dieta nutritiva. *FNG 2025 – WFP Guatemala.
Durante estos años, las cosechas no han sido suficientes para alimentar a su familia. Cuando el maíz se termina, empieza otra preocupación: cómo comprar. Para lograrlo, hay que buscar otras formas de ingreso. “A veces algunos venden bananos… o cualquier cosa que se pueda vender.” Otras familias salen a trabajar a comunidades cercanas. Es un esfuerzo constante que no siempre alcanza.
El impacto va más allá de las parcelas. Cuando la producción disminuye, la oferta de alimentos se reduce y los precios suben, afectando especialmente a las familias con menos recursos. En contextos donde ya existe vulnerabilidad, estos choques climáticos pueden agravar rápidamente el hambre.
Además, este episodio de El Niño ocurre en un contexto global donde los insumos agrícolas —como fertilizantes y energía— siguen siendo costosos, lo que dificulta aún más que los agricultores puedan sostener sus cultivos y recuperarse de las pérdidas.
La escasez de agua no se queda en las parcelas, los huertos, en el campo. Entra a las casas, se siente en la cocina y en las decisiones diarias: ¿qué se compra?, ¿cuánto se compra?, ¿para cuántos días alcanza?
Porque cuando la comida no es suficiente, alguien tiene que comer menos. Y casi siempre, son ellas.
“Antes, cuando el maíz se terminaba, era necesario viajar hasta el pueblo para comprarlo, eso implicaba gastar en transporte además del propio alimento”, recuerda Teresa.
En muchos casos, esto significa ajustar el gasto del hogar y reducir porciones. Y, en la mayoría de familias, son las madres quienes comen menos para que otros puedan comer.
Esta realidad tiene rostro de mujer. En Guatemala, son ellas quienes más reducen su consumo de alimentos para sostener al resto del hogar. Más de un tercio —incluyendo mujeres embarazadas o en periodo de lactancia— enfrentan inseguridad alimentaria. *ESA, 2025, WFP Guatemala
En comunidades rurales, muchas de ellas indígenas —como en el Corredor Seco, donde también se habla ch’ortí— esta carga es aún mayor. Las brechas en acceso a empleo, educación y la sobrecarga del trabajo de cuidados hacen que sostener la alimentación del hogar sea un esfuerzo constante, incluso cuando los recursos no alcanzan.
WFP llegó a la comunidad e identificó realidades como la de Teresa: familias que no podían prever el clima, que veían reducir sus cosechas y que, aun trabajando la tierra, no lograban garantizar alimentos durante todo el año.
Con el apoyo del Fondo Central de Respuesta a Emergencias (CERF), se instalaron bancos de granos en silos en la comunidad, como una forma de responder a la sequía y fortalecer el acceso local de alimentos.
Ahora, el maíz y el frijol están más cerca. Ya no es necesario viajar al pueblo para comprarlos, no hay que gastar en pasaje. Ese ahorro se convierte en más alimento en sobre la mesa. “Aquí ya no vamos a gastar pasaje… ese ahorro sirve para nuestros hijos e hijas”, dice Teresa con entusiasmo.
El silo permite conservar el maíz por más tiempo y evitar pérdidas, mientras que el banco de granos asegura que el alimento esté disponible dentro de la comunidad. El dinero circula, se reinvierte y ayuda a mantener el abastecimiento. Poco a poco, también se fortalece la economía local.
Este esfuerzo no sería posible sin la participación de las mujeres. Muchas de ellas, en momentos de escasez, han reducido sus propias porciones para que su familia pueda alimentarse.
Hoy, son ellas quienes organizan, trabajan, deciden y sostienen la vida comunitaria.. Su participación en la construcción del banco y en el manejo del grano es fundamental para el funcionamiento de la comunidad. “Es bonito porque todos participamos… pero las mujeres siempre estamos en todo”, menciona Teresa.
Porque, aunque la sequía sigue siendo parte de la realidad año tras año, también lo es la capacidad de las familias para adaptarse. Las comunidades continúan buscando alternativas, organizándose, encontrando formas de sostenerse.
Ante este panorama, actuar con anticipación es clave. Programas como los bancos de granos y otras iniciativas comunitarias forman parte de los esfuerzos para ayudar a las familias a prepararse, proteger sus medios de vida y reducir el impacto de sequías cada vez más impredecibles. La experiencia demuestra que actuar antes de que estos eventos climáticos golpeen con fuerza puede marcar la diferencia entre una crisis y la resiliencia.
En el Corredor Seco, la inseguridad alimentaria sigue siendo un desafío constante. Pero iniciativas como el banco de granos, demuestran que es posible avanzar hacia soluciones sostenibles. Garantizar el acceso a alimentos hoy no solo responde a una urgencia, también abre la puerta a un futuro con mayor resiliencia y seguridad alimentaria.