DISCURSO: Derechos Humanos y Alimentación, la Armonía Rota

Publicado el 09 Diciembre 2008

Discurso de Pedro Medrano, Director Regional para América Latina y el Caribe del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas ante los participantes del II Encuentro de la Red Interreligiosa Mesoamericana: Fe y Derechos Humanos

Para muchos de los pueblos indígenas en América Latina y el Caribe, los alimentos son los engranajes que permiten que giren ciertas las ruedas de la creación; por ello, sus creencias, rituales, cánticos, preparaciones y ofrendas de comida son inseparables de su relación con Dios. Uno de los más antiguos mitos Mesoamericanos narra que el mundo fue creado por los dioses del maíz, quienes a un tiempo crearon a la humanidad y le dieron comida para su sustento.

Tal como lo entendieron todas las culturas antiguas, los alimentos representan el primer pacto del cosmos con la vida y con el hombre y son el sello de su admisión y pertenencia al mundo de lo existente. Los alimentos fueron así entendidos en su dimensión espiritual porque significaban, ante todo, el don que lo sagrado le otorgaba a la vida. El alimento es el primer lenguaje, la primera palabra y es sólo a partir de ese lenguaje y de esas palabras, que entra el hombre en relación con otros hombres y con Dios.

En la concepción maya, el maíz es sagrado por ser la fuente de la vitalidad y una parte central de su cultura; por eso, no podía comercializarse bajo ninguna circunstancia y el hacerlo hubiese sido considerado una traición al propio cuerpo y a la propia alma. Esta y otras creencias generan una armonía fundamentada en los derechos naturales, donde la certeza de la solidaridad hace innecesaria y obvia cualquier declaración.

Con la llegada de la edad moderna, la vieja armonía se rompe perdiéndose igualmente aquella dimensión religiosa y mágica y, con ella, también la infinidad de sueños con la que los pueblos antiguos entendieron su propia aparición en el mundo.

La historia moderna nos ha hecho despertar de los mitos: el chamán que invocaba a la lluvia ha desaparecido tras los satélites que predicen el tiempo y la tecnificación de la agricultura ha logrado quintuplicar la producción de alimentos en los últimos años. A veces, sin embargo, el despertar asemeja demasiado a una pesadilla.

A pesar de que el mundo alimenta hoy a más seres humanos que nunca antes en su historia, todavía cerca de 860 millones de habitantes de nuestro planeta pasan hambre. Y esa cifra aumenta en 4 millones de personas cada año.

Nuestra región no es una excepción. En su conjunto, América Latina y el Caribe producen alimentos suficientes para alimentar a su población y aun así todavía nueve millones de niños y niñas en América Latina y el Caribe se acuestan cada noche con hambre. Estos niños son parte de los 52 millones de personas –mayormente indígenas y afro-descendientes– para quienes la pobreza y el hambre siguen siendo factores determinantes de su vida cotidiana.

Cada 91 segundos, uno de estos niños olvidados muere en silencio en algún lejano rincón de la región, en lugares y bajo condiciones que, por accidente de nacimiento, muchos de nosotros jamás llegaremos a conocer; lugares afectados por huracanes, inundaciones, sequías, heladas o terremotos recurrentes, o simplemente, áreas aplastadas por la extrema pobreza, fuera de los límites del desarrollo, de las oportunidades y, a veces, de la atención del mundo desarrollado. Pero aunque no la presenciemos, la muerte de uno solo de esos niños por hambre es el fracaso de todos nosotros.

El hambre es el derrumbamiento de absolutamente todo; es el fracaso de la historia, de la política y de la economía. Pedro Medrano
El hambre es el derrumbamiento de absolutamente todo; es el fracaso de la historia, de la política y de la economía. Constatarla anula cualquier idea del progreso que pudiese tenerse y la sola imagen de alguien que muere su víctima transforma a la humanidad entera en sobrevivientes.

Esos 9 millones de niños y niñas que padecen hambre encarnan el abandono absoluto, el punto final de una cadena en la que todo ha fallado y es, en última instancia, la derrota infernal del amor.

Si yo les dijera que dos aviones 747 jumbo, repletos de niños latinoamericanos y caribeños se estrellarán sin dejar sobrevivientes cada día del año, año tras año, sin duda cambiaríamos nuestra actitud acerca de la aviación. Extrañamente, sin embargo, el hecho de que ese mismo número de niños mueren de desnutrición cada día en nuestra región, pasa desapercibido y no logra cambiar nuestra actitud acerca del hambre.

Y esto es -si cabe- más sorprendente en la segunda región del mundo -tras África- donde los niveles de religiosidad son más elevados (82%), y donde paradójicamente valores perennes como el amor al prójimo, la caridad o la solidaridad, brillan en ocasiones por su ausencia.

Ante la falta de interés en ocasiones me pregunto si la sociedad se ha acostumbrado a esta situación; si internamente aceptamos el problema del hambre como un mal que tenemos que consentir como endémico por que no tiene solución.

Pero el hambre no es una fatalidad. En ninguna ley, en ningún cromosoma, está escrito que deba ser así. Trabajando todos juntos, -la comunidad internacional, los gobiernos, el sector privado, la sociedad civil, la comunidad humanitaria y los grupos religiosos- podemos acabar con este problema en menos de una generación y hacer de América Latina y el Caribe una parte del mundo en donde el hambre sea solo un recuerdo.

Permítanme enfrentarles otra vez con la paradoja. Según calculan los economistas, la actual crisis financiera ya le estaría costando a EEUU y a Europa cerca de 7 billones de dólares (7 trillones en inglés o 7 millones de millones). Estos son más recursos que los que costarían hoy la carrera a la Luna, el Plan Marshall, el famoso New Deal de Roosevelt y las guerras de Vietnam, Irak y Corea combinadas.

No me cabe la menor duda que la comunidad internacional invertirá los recursos que hagan falta para atajar esta crisis. ¿Pero por qué no presenciamos esta misma reacción con problemas como el hambre, que todavía hoy mata más personas que el SIDA, la malaria y la tuberculosis combinadas?

¿Qué resorte del alma humana debemos tocar, a qué sentimiento apelar para unirnos todos juntos en la acción? Alimentar a todos y cada uno de esos 9 millones de niños con hambre en América Latina durante los próximos 10 años costaría una milésima fracción de esas cifras que se barajan hoy para sanear la economía de los países desarrollados. Tal vez esté en nuestra naturaleza el ser egoístas. En algún momento de la evolución estoy seguro el egoísmo fue útil para la supervivencia de la especie. Pero ahora que ya sabemos que podemos permitirnos el no serlo, debemos aprender también el valor de la generosidad, del amor al prójimo, de la solidaridad. La mayoría de las grandes religiones y los grandes líderes espirituales han repetido hasta la saciedad este mismo pensamiento expresándolo de diferentes maneras.

El Cristo nos exhorta a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. En el Islam, la limosna a los pobres se conforma como uno de sus cinco preceptos básicos impuestos por Dios. Tanto la Torah como los rabinos sabios hacen hincapié en la importancia de ayudar a los demás; al enfermo; al necesitado. También el pensamiento filosófico oriental nos advierte que todo lo que no se da, se pierde. No obstante seguimos oyendo sin escuchar.

Tal vez para poder escuchar, primero debamos sacudir (y sacudirnos), la indiferencia, la cobardía moral; el miedo.

Al igual que el Dalai Lama, creo que todos nuestros sufrimientos son causados por la ignorancia que a mi modo de ver no es otra cosa que no prestar atención. En su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, este monje budista afirmó con mucho sentido que "las personas infligen dolor a otros en la búsqueda egoísta de su felicidad o satisfacción. Sin embargo, la verdadera felicidad proviene de un sentido de fraternidad y hermandad. Tenemos que cultivar una responsabilidad universal hacia el prójimo y el planeta que compartimos"...

Yo también estoy convencido de que todo el mundo puede desarrollar un buen corazón y un sentido de responsabilidad universal como el que contemplan la mayoría de las religiones o la propia Declaración Universal de Derechos Humanos. Créanme, acabar con el hambre no solo se debe hacer. También se puede hacer, si así lo decidimos todos juntos.

Gracias por su atención.