#ShareHumanity: La Historia de Mohamad

Publicado el 19 Agosto 2016

Foto: WFP

Hoy es el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, un día dedicado a reconocer los sacrificios realizados por todos aquellos y aquellas que laboran en causas humanitarias. Para conmemorar el día, compartimos las historias de nuestros colegas, quienes trabajan para eliminar el hambre en sus países de origen. El final de la serie, esta es la historia de Mohamad de Siria.

Pasé mi infancia en Damasco, la capital siria. Asistí a las escuelas del vecindario y de niño mi sueño era convertirme en un futbolista famoso. Me uní a WFP en el 2006, como monitor de campo y ahora soy el director de nuestra oficina en Homs. Homs ha sufrido más que cualquier otro lugar en Siria. Más de la mitad de la ciudad ha sido destruida y cientos de miles de personas han tenido que huir a lugares más seguros.

El acceso siempre ha sido nuestro mayor desafío. Podemos tener todos los recursos en nuestros almacenes y todos los planes logísticos preparados, pero aun así no podemos llegar a todas las personas necesitadas debido a los continuos enfrentamientos armados y los asedios llevados a cabo por las partes en conflicto. Morteros, carros bomba y otros artefactos explosivos son una amenaza constante. De hecho, ahora mismo puedo escuchar el sonido de explosiones. 

El momento más difícil desde que me uní a WFP ocurrió cuando un grupo extremista me tomó como prisionero junto otros 16 colegas de las Naciones Unidas. Estábamos regresando de una misión entre fronteras a una zona sitiada. Acabábamos de entregar comida y dar otros tipos de ayuda a cerca de 70.000 personas a las que no habíamos tenido acceso por 10 meses. Por suerte, tras dos horas de secuestro, el equipo entero fue liberado sin ningún daño. Pero habernos encontrado en una situación de vida o muerte fue un shock que nunca olvidaré.

Hablar el idioma y respetar las tradiciones ayuda a derribar barreras con la población local y ganar su confianza. Por ejemplo, una vez estábamos en una garita del gobierno con comida y objetos no alimentarios esperando a cruzar la frontera a un área de oposición en la zona rural del norte de Homs. Un soldado estaba muy molesto con el equipo de las Naciones Unidas y nos gritó que estábamos entregando comida a las personas que habían matado a su hermano. Primeramente, le expresé mis condolencias en la forma tradicional de la zona. Luego, le expliqué que estábamos tratando de llegar a civiles inocentes que estaban atrapados en medio del conflicto – incluyendo mujeres, niños y ancianos – y que merecían recibir artículos que aliviaran su necesidad. El soldado se calmó y eventualmente permitió el paso de los suministros humanitarios.

Mi esposa y mi hijo de 13 años han vivido conmigo en Homs por los dos últimos años, desde que la situación de seguridad se calmó lo suficiente para permitirles venir. Mi hija de 19 años estudia ahora mismo en Estados Unidos. Todos están muy bien, pero cada vez que una explosión sucede, temo por la vida de mi hijo – ya sea que se encuentre en la escuela o fuera de la casa. Tan solo la semana pasada, él corrió a casa aterrorizado por una explosión cerca del lugar donde sus amigos y él estaban jugando fútbol. La peor parte es que las personas en Homs ya consideran esto un “incidente rutinario”. La pregunta que le sigue usualmente es: ¿dónde y cuántos muertos?

Hablando con franqueza, el estrés y la presión durante los últimos cinco años de conflicto han tenido repercusiones en mi estado físico. Trato lo más que puedo de dormir, comer y mantenerme positivo. Enfoco mis pensamientos en una convicción que está en lo más profundo de mi ser: que no importa cuán larga sea la crisis, esta locura eventualmente llegará a su fin y las personas pondrán vivir juntas como antes. Me doy cuenta de la gran responsabilidad que tenemos aquí en WFP: las personas necesitan de nosotros y tenemos que ser fuertes por ellas.