La vida, según una refugiada siria de 10 años

Publicado el 14 Mayo 2013

Toqa muestra una foto de su familia tomada en su hogar en Siria, que ahora está en ruinas. Un estudiante responsable, que se ha estado esforzando por estar entre las mejores de su clase en la escuela que asiste en el campo de refugiados de Zaatari. (Copyright: WFP/Laure Chadraoui)

La colección de sombreros de lana de Toqa es una de las pocas cosas que se llevó consigo misma cuando su familia huyó de Siria. Este es uno de los pocos recuerdos de la casa que dejó antes de llegar al campamento de refugiados de Zaatari en Jordania. Decidida en convertirse en un médico, ella es una de las mejores estudiantes de su clase en la escuela donde el PMA proporciona alimentos nutritivos a niños como ella.

ZAATARI (Jordania)-Toqa al-Qouloub tiene diez años. En árabe, su nombre significa "pureza de los corazones". Al llegar a Zaatari, ella confundió el nombre con el balneario en la costa donde su familia solía ir de vacaciones, pero lo único que ambos tienen en común es la arena.

En Siria, la casa de Toqa está en ruinas. Todo lo que ella tenía ya no existe, aparte de un poco de ropa y sombreros de lana. Ella echa de menos a sus abuelos y sueña con volver a jugar en su jardín, que estaba lleno de árboles frutales que podía nombrar uno por uno.

Ella piensa en su mejor amiga, Racha, a quien no ha visto desde que salió de Siria. "Espero que ella llegue al campamento algún un día. Yo sé que la veré pronto", dice Toqa.

Como todas las familias en Zaatari, Toqa y su familia sobreviven con los alimentos que les proporciona el PMA. Los alimentos son preparados en la cocina comunitaria del campamento. Ella también va a la escuela, en donde recibe una barra de dátiles enriquecida con nutrientes. Esta es una razón más para que sus padres la envíen a estudiar, pues saben que Toqa está recibiendo la energía que necesita para concentrarse en sus lecciones.

Huyendo de casa

Toqa tiene vivos recuerdos del día en que ella y su familia dejaron su casa. Ella estaba en la escuela cuando a todos los estudiantes les pidieron que se marcharan rápidamente a casa.

"Todos los chicos empezaron a correr. Yo buscaba a mis hermanas y hermano, pero ya se habían ido a la casa de nuestra tía, cerca de la escuela. Yo corrí hacia otra dirección, a casa", dice.

Su madre se arriesgó a la metralla y las balas para subir a la azotea y llamar al padre de Toqa, quien estaba trabajando en Argelia. Pero las líneas telefónicas estaban caídas y los bombardeos se acercaban.

Ella les dijo a sus hijos que no empacaran lo que no podían cargar en sus espaldas. Toqa partió con un poco de ropa, unas pinzas para el cabello y sus sombreros de lana favoritos. "Cuando estábamos en el carro, miré hacia la casa y lloré".

Después de llegar a la frontera, ella recuerda haber caminado por horas con su pequeña maleta en una mano y con su primo de cuatro años de edad en la otra. "Estaba oscuro, pero la luz de la luna alumbraba. No tenía miedo. Sólo me preocupaba que mi primo se cayera y se hiciera daño”.

La vida en Zaatari

Antes de huir de su hogar en Siria, Toqa era la mejor alumna de su clase. Ahora que las escuelas han abierto en Zaatari, ella está decidida a mantenerse entre las mejores de su clase.

"Estudio muchísimo. Siempre estudio por mi propia cuenta porque dependo de mi misma. Cuando sea grande, sólo dependeré de mí misma y tengo que acostumbrarme a eso", dice. "Quiero ser cirujana para curar a la gente y salvar sus vidas. Si las lesiones de alguien son graves, quiero ser capaz de salvarlos”.